Fuera llueve y hace frío.
Me refugio en el metro mientras doy una vuelta más a la larga bufanda que afortunadamente oculta al prójimo mi expresión de desconsuelo. No sé a qué se debe esta vez. Bueno, sí, pero no quiero reconocerlo.
Además escucho por los auriculares canciones melancólicas, de esas que empujan involuntariamente a que las lágrimas se descuelguen y rueden mejilla abajo, hasta humedecer la bufanda lanuda. ¡Seré masoca! Pero no, no apagué el reproductor de música y seguí vaciándome.
Mientras, en el vagón, todos miran para otro lado. He bajado al subterráneo, pero tarareo "llamando a las puertas del cielo". Aún no me han abierto...
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